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T1-06 · TEMPORADA 1 · CAPÍTULO 6

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CAPÍTULO 6

Lo que se queda en el Nivel 7

Día libre antes de la orientación de descenso. Última visita al Nivel 7 antes de la primera vez en el abismo abierto.

El ascensor de servicio entre el Nivel 4 y el Nivel 7 era una cabina industrial — paredes de metal sin pintar, una luz que parpadeaba cada dos pisos. En la pared, un indicador de presión mostraba el cambio gradual entre niveles.

// NIVEL 4 → NIVEL 7
PRESIÓN AMBIENTAL: 1.01 bar → 1.04 bar
VARIACIÓN NORMAL ENTRE NIVELES
Entrada al Nivel 7
Bienvenido a Nivel 07. Cuidado con lo que respira contigo. La ciudad real empieza aquí abajo.

Las puertas se abrieron. El Nivel 7 fue inmediatamente distinto — la luz cambió de azul-blanca a un ámbar orgánico, difuso, producido por los hongos bioluminiscentes que crecían en las tuberías del techo. El aire era más húmedo. El suelo tenía una capa fina de agua que nunca se secaba del todo.

Zale caminó por el corredor de mantenimiento N-07 hacia el puesto de Sor. Pasó junto a una sección de pared donde varias generaciones de técnicos habían grabado sus apellidos junto a sus turnos de servicio — marcas antiguas, la mayoría ya ilegibles por la humedad y el desgaste.

Entre los apellidos grabados, uno — WERNER — estaba más arriba que el de Zale, más desgastado, con una fecha parcialmente visible que era claramente de otra época. Debajo, más reciente pero ya con sus propias marcas de humedad, otro WERNER. El de Zale.

Pasó por delante sin detenerse. Llevaba viéndolo toda su vida.

· · ·

El puesto de Sor no era un local ni un taller — era un tramo de corredor donde alguien había colocado una mesa improvisada, un registro abierto, y dos cajas de material de mantenimiento que hacían de estantería. Sor estaba sentado detrás, rellenando algo a mano con una letra pequeña y precisa.

El registro no era de Corp — no tenía formato de terminal, no tenía tipografía estándar. Era personal. Líneas escritas a mano, cada una con un nombre, una fecha y una anotación breve. La mano de Sor cubría la parte inferior de la página, como hacía siempre sin darse cuenta.

...Aura Trent — turno 7, ciclo 14 — no volvió
...Dek Mora — turno 3, ciclo 15 — no volvió

—Sigues vivo.

—Sigo vivo.

Sor asintió, una vez, y siguió escribiendo.

—Dos inmersiones de media antes de la primera baja. Bajas la semana que viene. Lo sé porque lo sé todo lo que pasa en este nivel.

Zale no dijo nada. Ya conocía la estadística.

Sor dejó la pluma. Primera vez que hizo una pausa real para mirarlo directamente.

—No te lo digo para asustarte. Te lo digo porque, si vas a seguir bajando, más vale que sepas que yo cuento a los que no vuelven.

Volvió al registro un momento antes de seguir.

—Todos. Aunque nadie más lo haga.

Zale se quedó ahí más tiempo del que solía. No se fue. Sor levantó la vista, notando que algo se había quedado sin decir.

—¿Está mi padre en ese registro?

Era la primera vez en dos años que le hacía esa pregunta a alguien en voz alta. Preguntar, no esperar a que la respuesta llegara sola.

Sor dejó de escribir del todo.

—Tu viejo también bajaba. También lo conté.

—¿Turno? ¿Ciclo?

—Nueve. Los dos.

—¿Cómo murió?

—Eso no lo sé. Solo sé que no volvió.

Zale asintió, despacio. No era la respuesta que necesitaba, pero era más de lo que había tenido antes de preguntar.

—¿Cuántos llevas?

—En el registro, doscientos treinta y uno. Pero empecé tarde. Los de antes me los contaron otros.

Zale miró el registro — las líneas, los nombres, las fechas. Doscientas treinta y una líneas escritas a mano. Una por persona. Sin copia de seguridad, sin terminal, sin formato Corp.

Se alejó. Sor volvió a lo suyo. Mientras Zale se distanciaba por el corredor, oyó algo que no había oído nunca de Sor — un tarareo bajo, casi inconsciente, como si no se diera cuenta de que lo estaba haciendo.

Se detuvo. Era la primera vez que lo oía tararear algo. Sor no reparaba en que lo estaban escuchando — estaba doblando ropa de trabajo, las manos ocupadas, la melodía saliendo sola, sin palabras. Tres notas que subían y bajaban en arco suave, como una respiración. La melodía tenía algo que no sonaba a hadal — demasiado abierta, demasiado aérea, como si viniera de un sitio con más aire del que cabía aquí abajo.

No conozco esa melodía. Pero no suena de aquí.

No preguntó de dónde venía. Algo le decía que si lo hacía, Sor iba a dejar de tararear — y no quería ser el motivo de que parara.

Se alejó sin decir nada. La melodía apagándose detrás de él hasta que solo quedó el eco del corredor y el goteo del agua en el suelo.

· · ·

Un terminal público, de los que Corp instalaba en cada nivel para consultas administrativas básicas — horarios, raciones, quejas formales que nadie leía. Zale tecleó el registro que Sor le había dado: turno 9, ciclo 9. Buscó el nombre.

// CONSULTA — ARCHIVO GENERAL DE INMERSIONES
REGISTRO: TURNO 9 / CICLO 9
EFECTIVO: WERNER, Y.
ESTADO: BAJA CONFIRMADA — RESTOS NO RECUPERADOS

DETALLE DE MISIÓN: ACCESO RESTRINGIDO
NIVEL DE AUTORIZACIÓN REQUERIDO: SUPERIOR AL DISPONIBLE

Nada más. Un nombre, un estado, una puerta cerrada detrás de las dos líneas que sí podía leer. Zale se quedó mirando la pantalla más tiempo del que un terminal público debía retener a nadie.

TIEMPO DE CONSULTA EXCEDIDO — REGISTRO DE ACCESO GUARDADO

No sabía qué significaba eso exactamente, ni quién iba a leerlo. Pero sabía que a partir de ahora existía una línea en algún sistema que decía que alguien con el apellido Werner había preguntado por ese registro. Cerró la sesión.

· · ·

Un silbido agudo y breve cortó el corredor. No el silbido de Eco. Uno mecánico, de presión escapando. Zale se detuvo en seco.

Una junta de pared, dos metros por delante, a la altura de la cintura. El sellante tenía una grieta longitudinal. El aire del corredor salía por ella con un hilo visible — la humedad condensándose en el flujo de presión como una línea de vapor.

Junta C-14. Sellante de tercera generación — Corp dejó de reponerlos hace dos ciclos. La grieta es nueva. Si se abre del todo, este tramo pierde presurización en minutos.

Dos personas caminaban hacia el tramo, ajenas al silbido. Sin traje. Sin equipo de emergencia. El panel de estado más cercano estaba a veinte metros — y si marcaba algo, lo marcaría como nominal hasta que la grieta superara el umbral de alerta.

Sacó la herramienta de purga. Se agachó frente a la junta. Limpió el sellante agrietado. La presión salió más fuerte. Aplicó el compuesto de sellado con una mano mientras con la otra presionaba la junta para cerrar el flujo. El silbido bajó de tono, se debilitó, y paró. Cuarenta segundos.

Se levantó. Las dos personas pasaron por detrás sin haber notado nada. Miró el panel de estado, veinte metros más allá. Luz verde.

SECCIÓN C-14 — PRESIÓN NOMINAL

Nominal. Como siempre.

· · ·

Bajó al Mercado de los Puentes, en el Nivel 6. Puestos a ambos lados del corredor principal, la misma luz ámbar, la misma gente moviéndose entre los mismos pasillos. Se detuvo frente a un puesto pequeño que no se parecía a los demás. Los otros vendían, intercambiaban, negociaban. Este tenía un cartel:

REPARACIONES — TODO OBJETO TIENE HISTORIA

El puesto estaba lleno de objetos en espera, cada uno con una nota manuscrita atada con cordel. Un reloj de bolsillo. Un cuchillo con el mango partido. Una brújula de presión sin aguja. Un marco sin cristal. No había precios. Solo las notas.

Recuerdos en la superficie
Recuerdos en la superficie. Restos de un mundo que ya no recordamos. No tirar. Reutilizar. Reparar. Recordar.

Entre los objetos, un cuadro pequeño, descolorido, medio envuelto en tela protectora. Mostraba lo que parecía un paisaje — colores cálidos, un cielo que no era negro ni azul oscuro, algo que ni Zale ni nadie nacido en Vantis reconocería como un día soleado.

Detrás del mostrador, un hombre de mediana edad, pelo canoso salpicado, manos grandes con callos de trabajo fino. Terminaba de ajustar un reloj de bolsillo con una herramienta que no era de Corp.

Un hombre mayor, ropa visiblemente remendada, esperaba al otro lado.

El Reparador
Los Puentes. Nivel 6. Repara, restaura, te mantiene en marcha. Sin cobrar.

—¿Cuánto le debo?

—Nada. Cuídelo mejor esta vez.

El hombre se fue, sosteniendo el reloj con las dos manos como si pesara más de lo que pesaba.

El Reparador levantó la vista. Miró a Zale. No como a alguien desconocido — como a alguien que llevaba años pasando y hoy se había parado por primera vez.

—Hoy te has parado.

—Hoy sí.

El Reparador observó las manos de Zale, los callos del Nivel 7 que todavía tenía más el desgaste nuevo del traje Vector en los nudillos.

—Antes eras solo del Nivel 7. Ahora llevas algo más encima.

—Diver. Equipo Doce.

El Reparador asintió, despacio.

—Tu viejo también tenía esas manos. Las de antes y las de después.

Zale lo miró. Segunda vez en un día que alguien le mencionaba a su padre sin que él lo hubiera sacado.

—Si alguna vez se te rompe algo que de verdad te importe, ya sabes dónde estoy. Llevas pasando por delante el tiempo suficiente.

—Todavía no tengo nada así.

El Reparador sonrió — calidez con algo más difícil debajo.

—Eso es lo que dicen todos antes de tenerlo.

· · ·

De vuelta en el Nivel 7. Pasó junto al muro de apellidos grabados. Esta vez se detuvo un segundo. Miró el WERNER de arriba — el de Yael. La fecha parcial. La marca de humedad que cada año borraba un poco más de la inscripción.

No tocó la pared. No añadió nada. Solo miró, y siguió caminando.

Llegó a su litera. Sacó el cuaderno. Escribió:

Sor: 231 registrados a mano. Yael Werner entre ellos. Turno 9, ciclo 9.

El cuaderno cerrado, en el bolsillo interior. Junto a él, la herramienta de purga del Nivel 7. Nada más. Sin Calibrador de Eco — todavía no. Sin pulsómetro — todavía no. Solo lo que tenía antes de que todo esto empezara.

El cuaderno abierto
El cuaderno de Zale. El nombre de Yael vuelve a sus páginas.